Durante mucho tiempo sentí que no encajaba.
De adolescente miraba el mundo que me rodeaba —la familia, la Iglesia, la escuela, la sociedad, todo aquello que me decían que “era verdad”— y algo dentro mío no terminaba de creerlo.
No tenía demasiadas personas con quienes hablar de lo que sentía. Así que muchas veces pensaba: “O estoy loca yo… o hay algo acá que no estoy viendo.”
A los 19 años hice lo que tantas veces haría después en mi vida: me fui.
No tenía un gran plan espiritual. No sabía exactamente qué estaba buscando. Pero sabía que necesitaba salir a descubrirlo.
Y así comenzó un viaje que terminó durando casi treinta años.
Primero fue Miami.
Yo, con apenas veinte años, viviendo una vida que parecía la de alguien de cuarenta: casada, trabajando de nueve a seis, horas en el tráfico, intentando progresar, construir crédito, comprar cosas, convertirme en eso que el mundo llamaba “alguien”.
Había salido de Argentina queriendo demostrar que podía. Demostrárselo a mi padre. Al mundo. Y, sobre todo, a mí misma.
Pero algo seguía faltando.
Entonces la vida me llevó al extremo opuesto. Ibiza.
Pasé de la estructura a la libertad. Del traje a bailar. De vivir encerrada entre obligaciones a sentir nuevamente el sol sobre mi piel, el mar, la música, el cuerpo y la naturaleza.
Trabajé en la noche de Ibiza, en el corazón de uno de los mundos más intensos de aquella época. Conocí el glamour, la fiesta, personas famosas, yates de lujo, mansiones y también comunidades completamente alternativas.
Podía pasar de una mesa rodeada del jet set a una fiesta en una montaña con un grupo de artistas hippies.
Y en medio de todos esos extremos empecé a descubrir algo que después se volvería central en mi vida: podía estar rodeada de cualquier mundo y seguir escuchando una voz interna que sabía cuándo algo era para mí y cuándo no.
La naturaleza siempre fue mi brújula.
Incluso en medio de una fiesta, muchas veces terminaba lejos de la pista, mirando el mar desde un acantilado, sintiendo el viento o simplemente danzando bajo el sol.
Todavía no tenía palabras para explicarlo. Pero algo en mí recordaba.
Después llegó Nueva York. Y ahí nació AMA.
Era 2002. Argentina atravesaba una enorme crisis y yo veía especialmente a mi madre y a muchas mujeres de Mar del Plata —tejedoras increíbles— quedarse sin trabajo.
Quería crear algo propio. Algo que uniera mis raíces, el trabajo artesanal y todas esas mujeres.
Mi nombre es Agustina Martínez Alcorta. A.M.A. Así nació AMA Handmade.
Lo que empezó con prendas hechas a mano terminó creciendo hasta convertirse en una marca que vendía por Estados Unidos.
Llegaron los shows. Los clientes. Los viajes. La expansión.
Había conseguido aquello que años antes quería demostrar que podía conseguir. Había triunfado. Y, sin embargo, me estaba apagando.
Recuerdo estar en Nueva York, en uno de los momentos profesionalmente más exitosos de mi vida, y sentir que mi niña interna lloraba cuando veía un pájaro en Central Park.
Extrañaba los árboles. Extrañaba el mar. Extrañaba vivir la vida libre.
Entonces apareció una propuesta que podría haber cambiado económicamente mi empresa para siempre: producir masivamente en China.
Era el paso lógico. Más producción. Más dinero. Más crecimiento.
Pero significaba abandonar aquello que había dado origen a AMA: las manos de mi madre, las tejedoras, mi amor por lo artesanal, el corazón.
Y dije que no.
Ese “no” fue uno de los grandes “sí” de mi vida.
Porque comprendí que el éxito no sirve de mucho si para sostenerlo tenés que abandonar quién sos.
Poco después llegó otro quiebre.
Empecé a profundizar en prácticas de expansión de la conciencia, física cuántica, respiración, yoga, meditación, conocimiento ancestral, tradiciones antiguas y lo que para mí se convirtió en un proceso de recordar mi propia identidad.
Y tomé otra decisión que desde afuera parecía incomprensible: dejé la vida que había construido. Una vez más.
Volví a la naturaleza. Y comenzó otra etapa.
Vinieron años de viajes, escuelas de misterio, chamanismo, meditación vipassana, Tao, prácticas de respiración, danza, tantra, trabajo con el cuerpo, retiros, medicinas ancestrales, festivales de transformación y encuentros con personas inspiradoras de distintos lugares del mundo.
Fui exploradora. Nómade. Emprendedora. Buscadora. Compañera. Mujer. Y, con el tiempo, madre.
He vivido —como suelo decir— muchas vidas dentro de una misma vida.
Cada país traía una Ama nueva. Una relación nueva. Un trabajo nuevo. Una realidad nueva.
Pero después de tantos cambios apareció una comprensión todavía más profunda: podés cambiar absolutamente todo afuera y seguir habitando el mismo personaje por dentro.
Y ahí el viaje cambió.
Dejé de preguntarme únicamente: “¿Dónde quiero vivir?”, “¿Qué quiero hacer?”, “¿Qué quiero crear?”
Y empecé a preguntarme: “¿Quién está creando todo esto?”
Porque durante años había aprendido muchísimo sobre mí. Había atravesado terapias, mapas, prácticas, búsquedas y experiencias.
Pero una cosa era comprender quién creía ser… y otra muy distinta era encarnar quién era.
Eso me llevó a algo que hoy siento profundamente: no necesito pertenecer a una tribu para saber quién soy. Primero necesito pertenecerme a mí misma.
Después de 27 años viviendo fuera de Argentina, la vida me llevó nuevamente al lugar del que había salido.
Volví a mi país. Volví a mi familia. Volví a mis raíces.
Porque había llegado una de las iniciaciones más profundas de mi camino: la maternidad.
Durante años había pensado que quizá nunca sería madre. Y entonces llegó mi hijo.
Con él apareció otra forma de amor. Otra identidad. Otro espejo.
Y también otra pregunta: ¿puedo sostener todo lo que aprendí cuando la vida deja de estar diseñada exactamente como yo quiero?
Porque es muy sencillo sentirnos elevadas en un retiro, frente al mar o en un lugar paradisíaco.
La verdadera práctica aparece en la vida cotidiana. En la familia. En los vínculos. En los límites. En la maternidad. En el dinero. En el miedo. Cuando alguien toca exactamente ese lugar que todavía duele.
Ahí descubrí que para mí la maestría no consiste en escapar del personaje.
Consiste en verlo. Reconocerlo. Agradecer lo que hizo por mí. Y poder elegir otra vez.
Hoy tengo 49 años.
Hace treinta años una chica de 19 se fue de Argentina pensando que quizás era demasiado rara para el mundo en el que había nacido.
Hoy puedo mirar a esa chica y decirle: no estabas loca. Estabas escuchando la voz de tu intuición que te guió de regreso a tu esencia.
Después de recorrer países, crear empresas, conocer mundos completamente opuestos, atravesar éxitos, pérdidas, despertares, noches oscuras, maternidad y cientos de versiones de mí misma, llegué a una certeza:
No vine a convertirme en otra persona. Vine a recordar quién soy.
Y quizás eso sea también lo que hoy tengo para compartir.
No quiero decirte quién tenés que ser. No quiero que dependas de mí para encontrar tus respuestas.
Quiero acompañarte a recuperar algo que siempre estuvo dentro tuyo: tu capacidad de observarte, de escucharte, de elegir, de crear y de volver a reconocerte detrás de todas las identidades que aprendiste a habitar.
Porque durante años pensé que era un sapo de otro pozo.
Hoy lo veo diferente.
Quizás nunca fui una oveja negra.
Quizás simplemente estaba recordando que era una Diosa Multidimensional.